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miércoles, 4 de agosto de 2010

Punch and Judy (*)

De acuerdo en que en ese terreno no lo estarían nunca, se citaban por ahí y casi siempre se encontraban. Los encuentros eran a veces tan increíbles que Oliveira se planteaba una vez más el problema de las probabilidades y le daba vuelta por todos lados, desconfiadamente. No podía ser que la Maga decidiera doblar en esa esquina de la rue de Vaugirard exactamente en el momento en que él, cinco cuadras más abajo, renunciaba a subir por la rue de Buci y se orientaba hacia la rue Monsieur le Prince sin razón alguna, dejándose llevar hasta distinguirla de golpe, parada delante de una vidriera, absorta en la contemplación de un mono embalsamado. Sentados en un café reconstruían minuciosamente los itinerarios, los bruscos cambios, procurando explicarlos telepáticamente, fracasando siempre, y sin embargo se habían encontrado en pleno laberinto de calles, casi siempre acababan por encontrarse y se reían como locos, seguros de un poder que los enriquecía. A Oliveira lo fascinaban las sinrazones de la Maga, su tranquilo desprecio por los cálculos más elementales. Lo que para él había sido análisis de probabilidades, elección o simplemente confianza en la rabdomancia ambulatoria, se volvía para ella simple fatalidad. «¿Y si no me hubieras encontrado?», le preguntaba. «No sé, ya ves que estás aquí...». Inexplicablemente la respuesta invalidaba la pregunta, mostraba sus adocenados resortes lógicos. Después de eso Oliveira se sentía más capaz de luchar contra sus prejuicios bibliotecarios, y paradójicamente la Maga se rebelaba contra su desprecio hacia los conocimientos escolares. Así andaban, Punch and Judy, atrayéndose y rechazándose como hace falta si no se quiere que el amor termine en cromo o en romanza sin palabras. Pero el amor, esa palabra...

- Rayuela, Julio Cortázar -


(*)  http://en.wikipedia.org/wiki/Punch_and_Judy

martes, 22 de diciembre de 2009

Entre tanto a y b

–Y entonces.
–Entonces nos encontramos mañana.
–A qué hora –preguntó Irene.
Y ahora que la luz otra vez inundaba la casa y el amplificador propagaba a los cuatro vientos te sentirás acorralada, te sentirás perdida o sola, tal vez querrás no haber nacido, no haber nacido, la tercera inquietud pudo florecer hasta alcanzar el estado justo en que había sido borrada por el cortocircuito. Y ella volvió a preguntarlo.
–A qué hora qué –dijo Alfredo.
–A qué hora te encontrarás con la mirona.
–Se llama Cecilia –dijo Alfredo–. A las cinco.
Y si él no se hubiera distraído en probar cada una de las perillas del amplificador tal vez habría notado el pequeño sobresalto primero y después ese peculiar sistema de signos –cierta brusquedad al llevarse las tazas de café, cierta alevosía al limpiar la ceniza volcada sobre el escritorio– que ladinamente pretendía indicar el mal humor de Irene. Porque en estos casos ella no hablaba. Sólo iba dejando pequeñas señales en el camino, guijarros que podrían ir guiando a quien tuviera la paciencia y el interés necesarios para internarse en oquedades, y lentamente, amorosamente, sonsacándola con ternura, con violencia, con resignación, pugnara por llegar –¡gran premio!– al centro mismo de su angustia.
Y no es que Irene no pudiera expresar ella misma lo que le pasaba. Su valla de piedra consistía en que sólo lo podía expresar con una claridad irritante. Por ejemplo, habría sido capaz de decir: estoy de mal humor por dos razones:
a) Porque esta chica es mucho más peligrosa de lo que pensás. Aunque pienses que es mucho más peligrosa de lo que parece.
b) Porque las cinco de la tarde es mi hora.
Pero cómo darle a entender, entre tanto a y b, esta nostalgia, pero también esta envidia y este miedo. Cómo explicarle, sin correr el riesgo de que echen a volar pájaros y serpientes y fieras trabajosamente aletargadas, cómo expresarle la vergüenza de sospechar que esta vez no será capaz de soportarlo. La alegría de otra, eso es lo que cree que ya no podrá soportar. La alegría de la que aún aletea en esa región incorrupta, inmaculada, tan semejante a la perfección, que es la espera.


- Zona de Clivaje, Liliana Heker -

viernes, 1 de mayo de 2009

Bruises


Tenías miedo de mi carne mortal y en ella buscabas
el alma inmortal. Para encontrarla, a palabras duras,
me abrías grandes heridas.
Entonces te inclinabas sobre ellas y aspirabas,
terrible, el olor de mi sangre.


Hacía mucho tiempo que no te leía, Alfonsina querida.

domingo, 4 de enero de 2009

Martes 1º de agosto de 1944

Querida Kitty:

"Un amasijo de contradicciones" son las últimas palabras de mi carta precedente y las primeras de ésta. "Amasijo de contradicciones". ¿Puedes explicarme lo que es exactamente? ¿Qué significa contradicción? Como tantas otras palabras tiene dos sentidos: contradicción exterior y contradicción interior.
El primero es fácil de explicar: no plegarse a las opiniones ajenas, saber, mejor que el otro, decir la última palabra, en fin, todas las características desagradables por las cuales se me conoce muy bien. Pero en lo que concierne al segundo, casi nadie me conoce, y ése es mi secreto.
Ya te he dicho que mi alma está, por así decir, dividida en dos. La primera parte alberga mi hilaridad, mis burlas, con cualquier motivo, mi alegría de vivir y, sobre todo, mi tendencia a tomarlo todo a la ligera. Por eso no me fastidian los flirteos, un beso, un abrazo o un chiste inconveniente. Esta primera parte está siempre en acecho, rechazando a la otra, que es más hermosa, más pura y más profunda. La parte hermosa de la pequeña Ana nadie la conoce, ¿verdad? Por eso son tan pocos los que me quieren de veras.
Desde luego, puedo ser un payaso divertido durante una tarde, tras lo cual todo el mundo me ha visto lo suficiente para un mes por lo menos. Por ejemplo, una película de amor representa exactamente lo mismo para las personas profundas, una simple distracción de una velada, que se olvida bien pronto. No está mal. Cuando se trata de mí, sobra el "no está mal". Es aún algo peor. Me fastidia decírtelo. Pero ¿por qué no he de hacerlo, si sé que es la verdad? Esta parte que toma la vida a la ligera, la parte superficial, sobrepasará siempre a la parte profunda y, por consiguiente, será siempre vencedora. Puedes imaginar cuántas veces he tratado de rechazarla, de asestarle golpes, de ocultarla. Y eso que, en realidad, no es más que la mitad de todo lo que se llama Ana. Pero no ha servido de nada, y yo sé por qué.
Tiemblo de miedo de que todos cuantos me conocen tal como me muestro siempre descubran que tengo otra parte, la más bella y la mejor. Temo que se burlen de mí, que me encuentren ridícula y sentimental, que no me tomen en serio. Estoy habituada a que no me tomen en serio, pero es "Ana la superficial" la que se ha habituado y quien puede soportarlo; la otra, la que es "grave y tierna", no lo resistiría. Cuando, de veras, he llegado a mantener a la fuerza en el proscenio a "Ana la buena" durante un cuarto de hora, ella se achica en cuanto hay que elevar la voz y, dejando la palabra a Ana número uno, desaparece antes de que yo me dé cuenta.
"Ana la tierna" nunca ha aparecido, pues, ante el público, ni una sola vez; pero, en la soledad, su voz domina casi siempre. Sé con exactitud cómo me gustaría ser, puesto que lo soy... interiormente; pero ¡ay!, soy la única que lo sabe. Y ésta es quizá, no, es, seguramente, la razón por la cual yo llamo dichosa a mi naturaleza interior, mientras que los demás juzgan precisamente dichosa mi naturaleza exterior. Dentro de mí, "Ana la pura" me señala el camino: exteriormente, sólo soy una cabrita desprendida de su cuerda, alocada y petulante.
Como ya te he dicho, veo y siento las cosas de manera totalmente distinta a como las expreso ante los demás; por eso me denominan, alternativamente, volandera, coqueta, pedante, y romántica. "Ana la alegre" se ríe de eso, responde con insolencia, se encoge indiferente de hombros, pretende que no le importa; ¡pero ay!, "Ana la dulce" reacciona de la manera contraria. Para ser completamente franca, te confesaré que eso no me deja indiferente, que hago infinitos esfuerzos por cambiar, pero que me debato siempre contra fuerzas que me son superiores.
Una voz solloza dentro de mí: "Ya ves; ya ves adonde has llegado: malas opiniones, rostros burlones o consternados, antipatías, y todo eso porque no escuchas los buenos consejos de tu propia parte buena". ¡Ah, cuánto me gustaría escucharla! Pero eso no sirve de nada. Cuando me muestro grave y tranquila, doy la impresión a todo el mundo de que interpreto una comedia, y enseguida recurro a una pequeña broma con el fin de zafarme; para no hablar de mi propia familia, que, persuadida de que estoy enferma, me hace engullir tabletas contra las jaquecas y los nervios, me mira la garganta, me tantea la cabeza para ver si tengo fiebre, me pregunta si estoy constipada y termina por criticar mi mal humor. Ya no puedo soportarlo: cuando se ocupan demasiado de mí, primero me vuelvo áspera, luego triste, revertiendo mi corazón una vez más con el fin de mostrar la parte mala y ocultar la parte buena, y sigo buscando la manera de llegar a ser la que tanto querría ser, lo que yo sería capaz de ser, si... no hubiera otras personas en el mundo.

Tuya,

Ana.


- Ana Frank, El Diario de Ana Frank -

lunes, 13 de octubre de 2008

Carta al Padre

"A todo ello correspondía además tu superioridad espiritual. Sólo con tu esfuerzo, habías conseguido llegar tan alto, que tenías una confianza ilimitada en tu opinión. De niño, esto no me resultaba tan deslumbrante como después, en mi adolescencia. Desde tu butaca gobernabas el mundo. Tu opinión era justa; cualquier otra era disparatada, extravagante, absurda. La confianza que tenías en ti mismo era tan grande, que no necesitabas ser consecuente para seguir teniendo siempre la razón. Podía ocurrir también que, sobre un asunto, no tuvieses siquiera una opinión formada, y en consecuencia todas las opiniones posibles sobre dicho asunto tenían que ser falsas sin excepción. Por ejemplo, podías echar pestes contra los checos, después contra los alemanes, después contra los judíos, y no sólo en algunos aspectos concretos, sino en todos, y al final no quedaba nadie en pie, salvo tú mismo. En ti observé lo que tienen de enigmático los tiranos, cuya razón se basa en su persona, no en su pensamiento. Al menos, así me lo parecía.
Y frente a mí, tenías en efecto la razón con asombrosa frecuencia: era obvio que la tenías en la conversación, puesto que apenas llegábamos a dialogar, pero también en la práctica. No resultaba muy difícil de comprender: en todo lo que yo pensaba, estaba sometido a tu fuerte presión, incluso cuando mis pensamientos no estaban de acuerdo con los tuyos, y especialmente entonces. Todas aquellas ideas, en apariencia independientes de ti, venían marcadas desde el principio por tu juicio desfavorable; sostener esta situación hasta la plasmación total y permanente del pensamiento era casi imposible. No hablo de pensamientos elevados, sino de cualquier pequeña tentativa infantil. Bastaba con estar contento por cualquier cosa, sentirse colmado por ella, llegar a casa y expresarla, para obtener como respuesta un suspiro irónico, un gesto de negación con la cabeza, unos golpecitos en la mesa con los dedos: "he visto cosas mejores", o "no me vengas con cuentos", o "en qué cabeza cabe", o "qué sales ganando con eso", o "¡vaya acontecimiento!". Naturalmente, no se te podía exigir entusiasmo por cualquier pequeñez infantil, viviendo como vivías, lleno de preocupaciones y ajetro. Tampoco se trataba de esto. Más bien se trataba de que tu personalidad contradictoria te obligaba a ocasionar siempre y profundamente estas decepciones a tu hijo; más aún: esta contradicción se intensificaba incesantemente con la acumulación de material, de suerte que acababa imponiéndose como una costumbre aunque alguna vez tu opinión coincidiera con la mía; finalmente, estas decepciones de niño no eran decepciones de la vida común, ya que, por venir de tu persona (que daba la norma de todas las cosas), llegaban al fondo de mi espíritu. El valor, la firmeza, la confianza, la alegría por tal o cual cosa, no podían durar hasta el fin, si te oponías o si se podía simplemente prever tu oposición, y se podía prever en casi todo lo que yo hiciese".

(...)

"También debería citar aquí las amenazas derivadas de la desobediencia. Cuando yo me ponía a hacer algo que no te gustaba y amenazabas con el fracaso, el respeto a tu opinión era tan grande, que el fracaso era inevitable, aunque tal vez se produjese mucho más tarde. Perdí la confianza en mis propios actos. Me volví inconstante, indeciso. Cuanto más crecía, mayor era el material que podías oponerme como prueba de mi nulidad; poco a poco tuviste efectivamente razón en más de un aspecto. De nuevo me guardaré muy bien de afirmar que sólo por tu causa he llegado a ser como soy; tú no hiciste más que acentuar lo que ya existía; pero lo acentuaste mucho, porque, comparado conmigo, eras muy poderoso y aplicabas a ello todo tu poder".


- Franz Kafka. -

Music Is My Aeroplane

En mis oídos ahora suena...

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